lunes, marzo 21, 2005

El último suflé


Como buen súbdito, he seguido a pies juntillas las directrices del sabio y egregio señor presidente de la Generalitat, de forma que me he sumido en un pulcro silencio mientras el suflé se desinflaba. Ahora que ya se ha aplicado toda la vaselina necesaria, los millones de dólares, las identificaciones con las mujeres maltratadas y las hipotecas al 7% son pasto del olvido, ya podemos hacer retrospectiva de los sucesos recientes en el oasis catalán. De hecho, oasis para la clase política orgánica, cenagal para el contribuyente.

Hemos asistido a números circenses que sólo son posibles en Cataluña. Sea. El presidente de la Generalitat elude responder sobre la gestión gubernamental en la crisis del carmelo y enuncia ante su principal opositor el sintagma tres por ciento. El señor Mas, en lugar de preguntarse de qué le están hablando, si del IRPF, del deficit fiscal o de los tipos de interés, sabe perfectamente de qué le hablan, y pide a Maragall que rectifique o se lleva el Scattergories, aquí llamado Fira de l'Estatut. Y va Maragall, y accede al chantaje.

Sea. Los socios de gobierno de Maragall se hacen los suecos, Piqué pide la dimisión del president y éste le dice que ya no le ajunta. Mas, por su parte, no hace nada, sólo espera que todo escampe. La prensa de Barcelona, por su parte, en lugar de ejercer de contrapeso del poder político, abre sus portadas con los efectos de la ola de frío y un album de fotos de Barcelona nevada.

Sea. Ante las evidencias de que convergentes y socialistas quieren rebajar el suflé, mantener el oasis y taparse sus vergüenzas respectivas, el Partido Popular utiliza el único mecanismo que le permite forzar un pleno parlamentario para aclarar la cuestión del 3%: una moción de censura contra Maragall. Mas, en sus intentos por ponerse de perfil, envía a su abogado a poner una querella contra Don Pasqual sabiendo perfectamente que tiene inmunidad parlamentaria, esto es, que la querella es una broma de mal gusto.

Sea. En la moción de censura, ni Maragall ni ningún miembro de su gobierno aclaran a qué se referían con la mención del 3%. El presidente, en lugar de explicar si hizo o no hizo una acusación de corrupción a los anteriores gobiernos de CIU, pide perdón al pueblo de Cataluña. Mas aprovecha que los 46 diputados de Convergència son parte del pueblo de Cataluña para anunciar que retira su querella-fantasma. Piqué, quien se convierte en el único miembro de la oposición al que, de facto, es un tetrapartito catalán, es hallado culpable de todos los males por el resto de grupos políticos.

Y nunca más se habló. Es asqueroso, vomitivo, nauseabundo el espectáculo que da la mayor parte de la clase política catalana, tapándose sus respectivos escándalos, haciendo creer al populacho que lo importante es redactar un bonito y ambicioso estatuto de autonomía, llenándose la boca de desequilibrios fiscales, unidad de la lengua, comunidades nacionales y otros conceptos lunáticos. Pero es, si cabe, todavía más vomitivo que la mayor parte de la sociedad civil catalana se mantenga incólume, indiferente ante esa panda de cleptócratas narcisistas, incapaces de gobernar, incapaces de gestionar, incapaces de construír tres frases seguidas sin errores sintácticos.

Cataluña necesita un gobierno que remueva las conciencias de los ciudadanos, que no intervenga en la economía, que no crea que existe una forma catalana de hacer las cosas; un gobierno que no tenga ninguna política lingüística, como cualquier gobierno normal de Europa; un gobierno que no subvencione periódicos, revistas ni emisoras de radio, que no vea a Cataluña y España como dos realidades contrapuestas, enfrentadas y antagónicas, que no sepa dónde está Fresno; un gobierno que se ocupe de la creación de empleo, de la riqueza, la prosperidad y el bienestar de sus ciudadanos a través de políticas eficaces en lugar de echarle la culpa al ogro de Madrit, que respete la división de poderes, que asegure una educación de calidad; un gobierno, en definitiva, que nos permita ser más libres.

¿Es mucho pedir?